India del norte
El aeropuerto de Delhi es nuevo, limpio y moderno, hasta tienen unas butacas donde la gente espera tumbada a que salgan sus vuelos.
Las mochilas llegan sanas y salvas. Probamos sacar dinero en los cajeros de la terminal pero no funcionan. Al salir no vemos ningún cartel con nuestro nombre pero a la segunda lo encontramos. Resulta ser un hombre muy serio que nos dice que tenemos que esperar porque con nosotros viene otra pareja. Mientras esperamos probamos suerte con los cajeros de fuera: 3 cajeros de 3 “Out of order”!
Al salir, está nublado pero hace un calor pegajoso: habitual a partir de hoy. El señor serio nos paga un taxi hasta el hotel. El coche tiene unos flecos por todo el contorno interior y un altar en el salpicadero. Los daneses se acomodan sin preguntar, así que Xavi se sienta en el pequeño hueco que le dejan en el asiento trasero y Tensi delante con el silencioso conductor. Nuestra primera experiencia con el tráfico indio: aquello es la selva, quien pasa antes gana, no se respetan las señales de tráfico ni los carriles.
Llegamos al Hotel Tara Palace, situado en un callejón del barrio Chandi Chowk. Nos clavan 800 rs extras por ser madrugadores y llegar horas antes del check in. Son esas pequeñas púas que solo nos colarán el primer día. Habitación correcta, agua con olor a cloaca. ¿Dónde está el interruptor del AC? Ah, está fuera… Ducha y a la calle.
Después de otros dos bancos que no funcionaban, conseguimos sacar en uno, a pesar de estar sus puertas medio cerradas con una cadena.
Olores agradables casi siempre, nos dirigimos al Fuerte Rojo. Vemos la puerta Lahore llamada así porque está orientada a esa ciudad, ahora Pakistán. Decidimos no entrar ya que las guías dicen que está muy mal conservado. En la puerta, hacemos unas fotos mientras nos acosan vendedores de postales, entradas, guías, abanicos…
Saltamos al otro lado de la calle, corriendo para no ser atropellados, y buscamos el templo jainista Digambara Jain, nuestra primera experiencia descalzos. El señor de la entrada nos dice que no podemos dejar los zapatos en la calle y nos indica donde debemos dejarlos: en el callejón de al lado, mojado y sucio. Xavi dice: “Si quieres no entramos…”, pero hacemos de tripas corazón. Dejamos nuestras sandalias a un simpático señor y deshacemos el camino, mojándonos los pies.
Subimos unas escaleras, también mojadas (suerte del Fungusol). Aquí dentro se respira tranquilidad, algunos fieles cantan, otros hacen sonar la campana para avisar a su dios que entran. Cerca están quemando incienso. Somos los únicos turistas y no queremos sacar la cámara, que bastante ya llamamos la atención.
Al salir del templo, callejeamos por el mercado Chandni Chowk, cuya traducción literal es “lugar de luz de luna” y debe su nombre a que, en la época de Shah Jahan, un canal recorría el centro y la luna se reflejaba en el agua por la noche. Allí encontramos puestos de todo tipo, entre ellos, reparación de relojes, invitaciones de boda, reparaciones de chanclas… Hacemos nuestras primeras fotos a sus gentes: resulta que les encantan, algunos posan y todo.
Los niños tienen unos ojos preciosos que solo compiten con sus dulces sonrisas, lástima que les espere una vida tan dura.
Llegamos a la mezquita Jama Masjid, la más grande de la India, con capacidad para 25.000 personas. La “mezquita de los viernes”, donde hay que descalzarse para entrar.
Metemos las chanclas en la mochila y el listo de la entrada nos quiere cobrar de más: dice que llevamos dos cámaras. Tras un registro y demostrarle que solo llevamos una, nos cobra 200 rs por la cámara y pone a Tensi una capa rosa y blanca, que si lo llegamos a saber nos negamos, porque al salir nos la quiere cobrar.
Disfrutamos relajadamente de su patio. Nos relacionamos con su gente: un niño nos sigue, conocemos a un bebé y su padre. Mientras Tensi lava sus pies en la fuente, una abuelita se interesa por ella y se acerca a hablarle.
Están preparando centenares de alfombras para rezar. Nos cruzamos con una desmejorada Donete (nuestra gata). Un niño intenta robar a una turista y las masas de gente le persiguen.
Al salir, buscamos un puesto de comida: unas samosas en la calle (7 rs/ud), pican un poco, y una botella de agua de 1l (15 rs).
Decidimos coger el metro para llegar a Akshardham. Al entrar en la estación, tenemos que pasar por un arco de seguridad y abrir la mochila. Allí abajo conocemos otra india: todo está limpio y hay papeleras. Entramos al vagón de metro, repleto de gente.
Haciendo el trasbordo, nos desviamos debido al encuentro con el “rompe orejas”. En cuanto nos descuidamos, su amigo tiene un punzón en la mano: quieren arreglarle las orejas a Xavi.
Nos encontramos con una calle toda levantada por obras, y un comisionista viene a nuestro “rescate”. Negociamos un recorrido de 5 horas en auto rickshaw para ver los tres puntos que queremos (2000 rs). Nosotros estábamos muy contentos en ese momento con el precio (ya que habíamos rebajado la mitad), pero a medida que pasan los días en la India nos damos cuenta de cómo nos tomaron el pelo. Es un precio que se paga el primer día pero del que luego se aprende.
Primera parada: Templo Akshardham. Está construido en piedra de arenisca color salmón y mármol blanco y contiene unas cien mil tallas.
La entrada es gratuita, pero hay que dejar todo en consigna, cámara incluida. Xavi tiene temor a que nos la roben.
El templo nos gusta mucho. El recinto está limpio pero se nota que es un templo nuevo. El interior está muy trabajado. Comemos una Masala dosa (45 rs) y agua de 1l (15 rs).
Segunda parada: Tumba de Humayun (entrada 250 rs), construida para Haji Begum, la esposa principal de Humayun. Otras muchas salpican el recinto, entre ellas la del barbero favorito del emperador. En el recinto están de obras, tienen a niños trabajando. Xavi se va al baño y de repente Tensi se encuentra rodeada de 4 indios que quieren hacerse fotos con ella.
Tercera parada: Lodi Garden. Última parada de nuestro recorrido, entrada gratuita. Un parque tranquilo e ideal para relajarse del estrés de la gran ciudad. Compramos unos polos (5 rs) y nos adentramos en las tumbas de las dinastías Sayyid y Lodi. Los perros se cobijan dentro junto con las personas del calor sofocante de la calle.
Nos despedimos de nuestro conductor Mahwari, que por la mañana resultó ser un conductor tranquilo y a medida que iban pasando las horas estaba más y más desquiciado por el tráfico de la ciudad.
Volvemos al hotel para dejar los trastos y salir a cenar. Después de callejear y de que nos cayera agua (de la que preferimos no saber su origen), nos decidimos por otras samosas, pan indio y unas cosas redondas con tomate: no sabemos cómo se llaman, pican un poco.
Caemos rendidos a las 20:30 h.












